Ubicada a las afueras de Mission, la Moore Air Force Base no es solo un predio federal; es uno de los sitios con mayor riqueza histórica en el Valle del Río Grande y un recordatorio del papel estratégico que tuvo esta región en momentos clave de Estados Unidos.
Hoy, en el marco de la celebración de Nuestros 250 —el aniversario de la nación—, sus instalaciones reflejan un legado que conecta la defensa militar con la innovación científica.
Los orígenes: Esfuerzo comunitario y espionaje
La base fue inaugurada en 1941 bajo el nombre de “Moore Field”, en plena Segunda Guerra Mundial. Su nombre rinde honor al teniente Frank Murchison Moore, un piloto texano que falleció en combate durante la Primera Guerra Mundial.
Su creación fue el resultado de la unión de las comunidades de McAllen, Edinburg y Mission, que movilizaron recursos al enterarse de que el gobierno federal buscaba terrenos para una base militar.
“De hecho, compraron el área alrededor de la propiedad para asegurar que espías no pudieran estar al tanto de las operaciones del lugar”, explica Cynthia López, directora del Museo Histórico de Mission.
Durante los años del conflicto global, el campo aéreo funcionó como una escuela avanzada de entrenamiento, donde más de 6,000 aviadores se prepararon en distintos modelos de aviones de combate. Además, el lugar albergó a grupos de mujeres que incursionaron en la carrera militar, rompiendo esquemas para la época. “Ellas hacían otras actividades militares, no eran solo los hombres los que estaban en Moore Field en ese tiempo”, destaca López.
De sanatorio a la Guerra Fría
Tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, la base cerró temporalmente. Parte de su infraestructura se reconvirtió en aeropuerto municipal y en un sanatorio para las ciudades aledañas. Sin embargo, este último periodo guarda historias complejas: “Aquí los pacientes los enviaban para sanar con la esperanza de que mejoraran, pero también hemos escuchado que incluso ahí los enterraban después de fallecer”, relata la directora del museo.
El respiro civil duró poco. Con el inicio de la Guerra Fría, el gobierno federal reactivó las instalaciones en los años 50 como parte de la expansión militar del país, entrenando a miles de pilotos de la Fuerza Aérea hasta su desactivación definitiva como base militar en 1961.
El giro científico: El combate al gusano barrenador
Aunque el rugido de los aviones de combate cesó, la actividad en la base no terminó. Gran parte de los terrenos fueron transferidos al Departamento de Agricultura de Estados Unidos (USDA) para albergar programas científicos destinados a erradicar la mosca del gusano barrenador, una plaga que devastaba al ganado.
Esta misión sigue vigente. De acuerdo con López, el sitio “sirve exactamente para el mismo propósito en el 2026, como un centro importante en la erradicación del gusano barrenador”.
En la actualidad, el complejo opera como una instalación federal y aeropuerto privado bajo el control del USDA. Quienes visitan la zona aún pueden observar las pistas de aterrizaje originales, edificios históricos y la emblemática torre de agua de la época de la Segunda Guerra Mundial; mudos testigos de un legado que transformó la historia militar, aérea y agrícola de la nación.
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